En su primer día en la Casa Blanca, el presidente Barack Obama anunció el congelamiento de los sueldos de sus funcionarios y restricciones a la actividad de los lobbistas. Al día siguiente, vino el cierre de Guantánamo, la prohibición de la tortura y la eliminación de las cárceles clandestinas. Luego levantó la restricción sobre el financiamiento a organizaciones que practican o promueven el aborto y dio luz verde para la investigación con células madre. Ayer tuvo lugar la presentación de las primeras medidas para revertir las políticas de George Bush con respecto al calentamiento global. Decididamente, Obama es el primer presidente demócrata que no tiene miedo a ser demócrata desde John F. Kennedy. Es también el primer mandatario que en su primera semana de gobierno cumple con muchas de las promesas de campaña.

El anuncio de ayer, como todo los demás, representa un nuevo giro con respecto a las políticas conservadoras que prevalecieron en EE.UU. desde Ronald Reagan y que, luego de un paréntesis durante el gobierno de Bill Clinton, culminaron con George W. Bush.

“Mi gobierno no negará los hechos. Por el contrario se guiará por ellos”, dijo Obama propinándole una verdadera cachetada a Bush, quien negó hasta el final la existencia del calentamiento global. El presidente también prometió revertir la dependencia de Estados Unidos del petróleo extranjero.

“Le dejaremos claro al mundo que Estados Unidos está listo para liderar”, afirmó anunciando el establecimiento de “una verdadera coalición global” que evite “dar poder a los dictadores y dólares a los terroristas” y que se asegura de que países “como China y la India cumplan con su parte”.

Según Obama, las dos medidas que anunció ayer representan sólo un primer paso en esa dirección. La primera es un decreto que obliga a los compañías que fabrican autos, como General Motors, Ford y Chrysler, a producir vehículos más eficientes en el consumo de nafta para el 2011. Los tres gigantes de Detroit hicieron un lobby feroz para impedir que esta medida fuese adoptada. Antes de que le lluevan las críticas, Obama explicó que esto “no representa un peso añadido para la industria automotriz sino que la prepara para el futuro”.

En diciembre, estas tres compañías fueron al Congreso a pedir ayuda económica diciendo que si no la recibían se verían obligadas a quebrar lo que conduciría a una pérdida de casi 3.000.000 de empleos. El Congreso, con el acuerdo de Bush y de Obama, les aprobó cerca de US$ 17.500 millones pero se los condicionó a que comiencen a fabricar autos más eficientes. La medida anunciada ayer no hace más que reforzar esa condición. Pero en el Congreso, ayer, ya hubo quienes alertaron sobre la posibilidad de que las compañías no puedan cumplir.

La segunda medida anunciada ayer está relacionada con la autonomía que tienen los estados para imponer límites a la emisión de gases como el dióxido de carbono de los autos que contribuyen al calentamiento global. California y otros 12 estados intentaron regular la emisión de estos gases pero el gobierno de Bush se los prohibió. Obama instruyó ayer a la Agencia para la Protección del Medio Ambiente (EPA), que revise esas prohibiciones, en un primer paso para poder revestirlas legalmente.

“Se han acabado los tiempos en los que Washington arrastraba los pies”, prometió Obama. “Por el bien de nuestra seguridad, nuestra economía y nuestro planeta, debemos tener la valentía y el compromiso de cambiar”, subrayó y agregó que el “país tiene los recursos suficientes para cambiar”.

En el plan de 820.000 millones de dólares para reactivar la economía que presentó al Congreso, Obama incluyó una serie de disposiciones para crear “millones” de empleos relacionados con las nuevas energías (empleos verdes) y el acondicionamiento del 75% de los edificios gubernamentales a nuevos estándares energéticos.

Paralelamente, la flamante Secretaria de Estado, Hillary Clinton, decidió nombrar a Todd Ster delegado a cargo del tema de calentamiento global. Abogado y experto en cuestiones medioambientales del Center for American Progress, Stern fue asesor del ex presidente Clinton, entre 1993 y 1998, y tuvo un papel muy importante en las negociaciones del Protocolo de Kioto que luego Bush decidió no ratificar.

Fuente: Clarín (27/01/09)